06 octubre 2008 

FINALE

Esto fue todo, chau!

15 julio 2008 

A este blog le está llegando la hora...

20 junio 2008 

True story

La luz de la noche recortaba las sierritas del oeste del pueblo. Yo las miraba por el ventanal mientras esperaba apoyado contra una pared, abstraído del ruido de cuarteto y las pendejas gritando. Mi primo volvió de la barra con otro fernet que tomé despacito, mirando la ronda que daba vueltas toda la noche, sin parar, al ritmo de una música que me sonaba repetitiva. Terminé el vaso y crucé la pista por el borde hasta llegar al umbral del patio interno, donde estaba el baño. Alguien me agarró del antebrazo con suavidad y entendí rápido que no era mi primo. Ella tiró de mi hasta que me agaché a escucharla, porque algo decía que la música no dejaba oír.
-Vos sos M?
-¿Cómo sabés?
-Eso no importa. Escuchame una cosa, hacé lo que querás, baila toda la noche, a mi no me importa. Pero cuando tengás ganas de irte me buscás y nos vamos, ¿dale?
Mi cara de sorpresa dijo todo y ella se esfumó entre la gente. Llegué al baño y a mi turno en el mingitorio no pude hacer nada. Un borracho me miraba de atrás como enojado y me sentí observado. Ser de Capital en ese pueblo era algo que no pasaba desapercibido, como me acababan de demostrar.
Volví con mi primo y tomamos varios tragos más. Cuando se fue un amigo suyo le conté lo sucedido y estalló en carcajadas. Porteño tenés que ser, hijo de puta, ¿y quién es la culeáh? Yo no sabía su nombre.
Terminaba la noche y despuntaba el sol detrás de las sierras grandes. En cuentagotas se iban yendo algunas parejitas y muchos borrachos. Volví a cruzar la pista hasta que la encontré sentada arriba de un parlante, mirando a un costado aunque yo la había visto verme llegar. No hicieron falta palabras. Se bajó de un saltito y caminó delante mío, como marcándome el camino. Antes de llegar a la salida mi primo nos vio de lejos y me hizo una seña con un brazo, como si estuviera revolviendo unos dados en el puño. Bajé la escalerita de la entrada aguantando la risa mientras ella ya estaba cerca de la esquina, donde finalmente frenó y volteó para esperarme.
Dimos vuelta la esquina como quien da vuelta una página. Por extraño que pareció, no había nadie caminando en los 400 metros que se alcanzaban a ver hasta que empezaba la ruta, y el ruido del cuarteto se había extinguido como un recuerdo de ensueño. Caminamos unas cuadras sin hablar, con la cabeza gacha, hasta que ella rompió el silencio. Sucede que en un pueblo de tan pocas personas todo se sabe, pero igual se actúa. No tan seguros de estar solos intercambiamos frases de libreto, de las que se usan para no quedarse callado, hasta que me alejé unos pasos y la miré con el descaro que me daban varios vasos de alcohol en la sangre. Estaba buena. Tenía un vestidito fino que se adivinaba suave, y las piernas torneadas. No me acuerdo de su cara pero sé que no era su punto más agradable. Ella se rió de costado y me miró a su vez, recorriéndome de arriba abajo. Nos acercamos hasta chocarnos y sentí su perfume, su olor, y su pelo me rozó las mejillas. La rodeé con mi brazo apoyando mi mano en su cuello, bajándola despacio para rozarle los pechos mientras su respiración cambiaba y me miraba sin parpadear, el labio entre sus dientes. Me dijo esperá lindo, ya llegamos, y cruzando la ruta bajamos para el lado del río viejo unos 30 metros. Contra un árbol diminuto se frenó y me agarró de las caderas, acercándome hasta apoyar todo su cuerpo sobre el mío. Sentí sus pechos contra mí, sus dedos fríos metiéndose bajo mi pantalón, sus besos acelerados en ese lugar tan fácil de ver desde varios puntos cercanos y no tanto. Le pregunte por aquello y me dijo quedate tranquilo lindo, acá no nos ve nadie, y me desabrochó el pantalón tomándome con una de sus manos, masturbándome mientras me miraba a los ojos. Date vuelta nena, le dije a manera de orden, y le corrí la bombachita hacia un costado, sintiendo mis dedos mojados mientras la tocaba. Me cerqué finalmente a ella y sentí como ahogaba un suspiro mientras entraba en ella.
Yo estaba tan caliente… acabé en pocos minutos sobre sus muslos, sobre su vestido, sobre su bombacha. Ella me miraba de espaldas, con la cola levantada y la espalda arqueada. Luego se agachó para subirse la ropa y sin limpiarse me agarró de la remera, tirándome sobre ella, mordiéndome la boca. Comencé a tocarla con una mano mientras la otra jugaba entre sus pechos duros. Los dos nos besábamos con los ojos cerrados, sin interesarnos por donde estábamos, pero por suerte nadie pasó. A los pocos minutos volví a calentarme lo suficiente como para empezar de nuevo y esta vez tardar un poco más, esperándola a ella. Volví a acabar en sus muslos y vi como todo se desparramaba hasta sus pies, se metía entre sus dedos. Quise sacar un pañuelo que por casualidad llevaba en el pantalón pero ella no quiso. Se reía. Me tengo que ir ya, dijo, y me dejó un beso mientras desapareció por entre unas casas y yo la miraba con el pantalón desabrochado.
Caminé de vuelta a la casa de mi primo bordeado el río viejo hasta el puentecito, por donde no pasaba nadie. Entré a la pieza y me desplomé sobre la cama sin siquiera pasar por el baño. Mi primo roncaba y no había nadie a quién contarle. Hasta el día siguiente.

23 mayo 2008 


Si este blog caminara como yo...

 

No conozco nada más desagradable que un policía de la Montada

01 mayo 2008 

(F) Un almuerzo de mierda

La primera vez que entré a la sede nueva de mi trabajo supe que esa situación se podía dar. Después de todo, ¿a quién mierda se le ocurre poner el baño dentro de la cocina? Y como de mierda hablamos, un mediodía estábamos sentándonos a comer con la secretaria cuando vino el viejo, con cara de preocupado, y le hizo a ella un par de preguntas re pelotudas. Lo agarré al vuelo: se estaba cagando y se quería morir. A mí no me habló, porque en general prefiere evitarme. No sé qué me tiene, tal vez sea timidez... con todo lo ridículo que puede parecer ese rasgo en un doctor reconocido de unos 60 y pico de años de edad.
El viejo se metió al baño con cara de resignado. Procuré hacer un poco de ruido para que se sintiera protegido, aunque en el fondo me daba bronca la situación. Porque me vi identificado en ese viejo tímido que se estaba cagando y no quería compartir sus ruidos con los demás, pero por otro lado me molestaba su desinteligencia. Porque al fondo de la sede, detrás de las oficinas, hay otro baño. Uno que todavía no está terminado pero que sirve. La salvación de todo ser humano, y uno de los primeros detalles que yo remarqué cuando conocí el lugar. Viejo pelotudo, no lo conocía. Es que la sede estaba a medio inaugurar todavía, aunque estuviésemos trabajando ahí desde enero.
Pero el viejo se la bancó bárbaro. No hizo ruido, no hizo nada.
Salió diciendo que no había agua, y era verdad, porque probé la canilla de la cocina y no salía nada. No se pudo lavar las manos, dijo. Pensé en algo mucho peor aún que necesitaba de agua en ese momento. Lo confirmé cuando asomé la cabeza en el baño para conectar el microondas en la única toma de luz que hay en ese zucucho. Mama mia, con ese garco ¿cómo hizo para mantener el sigilo? Tormenta de mierda, todo salpicado. Porque lo que tengo de tímido, lo tengo de bizarro, y no pude resistirme a pegar un vistazo hacia el inodoro. Cerré la puerta como se pudo, a medias, por el cable.
Comimos entre la risa y la incomodidad. Por suerte, el olor no invadió el lugar. Llegó alguien más y se puso a comer con nosotros. Y cuando cayó el cuarto comensal, me tuve que ir porque todos juntos no entrábamos ni en pedo.
Me senté de nuevo en la computadora y de fondo escuchaba las conversaciones de las tres mujeres que quedaron dentro de la cocina. La última en llegar amagó en ir al baño y la secretaria le dijo, casi gritando, “al baño no entrés que ni se puede, hay un olor a mierda increíble”. Justo en ese momento se acercaba el doctor (perdón, el Doctor) que, al escuchar esa frase de estadio de fútbol, se tomó la cabeza como recordando algo olvidado y se echó en reversa. Pasó el umbral de la oficina y escuché que dijo para sí mismo “pero me cago en la mierda”. Un remate muy idóneo.
Y así terminó ese almuerzo de mierda.

27 abril 2008 

(e)

El verano se esforzó por seguir en pie y continuó bañando de luz y aire caliente los barrios. Pero lentamente los árboles fueron diciendo basta, cediendo sus hojas al suelo, formando caminitos amarillos y amaronados en las veredas. Salieron de nuevo las tías y abuelas a barrerlas en un rito repetido en todas las manzanas de la ciudad, y las personas recordaron la costumbre del saquito, buzo o campera bajo el brazo, aunque la temperatura todavía no lo justificara.
El otoño estaba por caer. Se hacía esperar como un cantante que llega tarde al espectáculo.
De repente la lluvia estalló como un millón de aplausos en el cielo y puso todo en su lugar. Mayo, ciudad de Buenos Aires. Cielo de plata y árboles pelados como percheros sin ropa. Lunes, y al trabajo otra vez.

21 abril 2008 

(d)

Estas vacaciones fueron diferentes, un poco menos caóticas que lo habitual, porque parábamos en dos grupos separados. Cuatro de nosotros dormíamos en un octavo piso y otros tantos los hacían en un hotel a varias cuadras de distancia. En nuestro departamento sobraba el espacio y convivíamos en gran tranquilidad. Quedaba lejos el recuerdo de un departamento de dos ambientes compartido entre catorce personas, unos años atrás.
Después de una semana de vacaciones, una noche nos encontró vencidos. Era casi las doce. Las paredes del living comedor estaban anaranjadas por la luz que atravesaba el difusor de un veladorcito, y la TV escupía noticias de un canal de la Capital en bajo volumen. Pipi y yo estábamos tumbados en dos colchones tirados en el piso, con los pies mirando hacia el balcón. Oggi descansaba en una silla detrás nuestro, con la cabeza apoyada en la pared y un cigarrillo en la mano. Desde afuera entraba un vientito suave con olor a mar. Poco antes habíamos fumado y la calma solo se rompía por ronquidos esporádicos del cerdo del Pes, que dormía en la pieza.
Sin levantarme del colchón moví mi cabeza hacia la derecha y vi las caras atónitas de mis dos amigos mirando la pantalla. La luz ahora estaba apagada y comprendí que me había quedado dormido por unos minutos. Mis brazos y piernas estaban adormecidos, ajenos, pero yo navegaba en una sensación abrumante de bienestar. Los flashes del televisor rebotaban en las facciones inmóviles de mis amigos y les daba un aspecto inquietante, como en una película de David Lynch. Nadie pronunciaba una palabra.
No recuerdo nada de las siguientes dos horas. Me libré –ahora conscientemente- a un sueño poco profundo, viajando por recuerdos ni muy lejanos ni muy trascendentes. A las 2:15 de la mañana Tonga me zamarreó de los hombros, despertándome a los gritos, rompiendo mi frágil descanso como quien pisa una copa de vidrio con zapatos de operario. Traía un dejo de frío en la camperita que todavía no se había sacado y su boca apestaba a escabio. Recién entraba junto con los del hotel, después de tomarse unas cervezas en la pizzería de la esquina. Todas las luces estaban prendidas y el olor a cigarrillo me había invadido los pulmones. El departamento parecía ahora la calle Alem.
-¡Dale Francés! ¡Dale que hay que salir a buscar putas!
Me levanté y preparé un vaso enorme de Fernet sin siquiera lavarme los dientes ni saludar a los recién llegados. Me derribé sobre una silla mientras el Pes ponía un disco de Sumo. Mis amigos iban y venían a un ritmo que yo no comprendía. Pasaban al baño, a la cocina, traían hielo, limpiaban la mesa y buscaban las cartas. Alguien prendió otro faso que eventualmente terminó en mis manos. Y no recuerdo mucho más de esa noche porque me di vuelta como una media.

16 abril 2008 

A ver si me sale...

... actualizar este blog cada 5 días...

 

(C) Limones calientes

Mi vieja me dio un billete de diez, pero ni me acuerdo como se llamaban en esa época. Tuvimos tantas monedas diferentes a lo largo de mi vida que solamente me acuerdo bien la época de los Australes. La cosa es que con ese billete tenía que comprar unos limones en el mercadito que estaba a unas cuadras de casa, un local chico al estilo de lo que hoy son los supermercados chinos, pero no tan grande. Salí a la calle con otros planes para ese billete porque mis compañeritos de la escuela andaban todos con unas figuritas de jugadores de fútbol, y como en casa nunca hubo plata para eso, yo quería aprovechar para comprarme unas e integrarme al grupo. A esa edad creo que no hay nada más importante que lo que decide el grupo de amigos, o al menos yo lo vivía así.
Caminé dos cuadras para el lado contrario de donde me había mandado mi vieja y me metí en un pasaje del que ya no me acuerdo el nombre. Algún apellido doble creo, pero andá a saber si se sigue llamando así. Había en ese pasaje una casa que yo conocía, que tenía un limonero enorme en la entrada de la casa. Con mis amiguitos pasábamos a veces a robarle unos limones. Por joder nomás, porque ¿para qué los queríamos? Nos cagábamos a limonazos en el camino. Me acuerdo que una vez corríamos con un par de limones en cada mano y yo sin querer le pegué a una vieja que apareció de la nada en la vereda. ¡La de puteadas que me comí! Decí que nunca se enteró mi vieja, sino me comía flor de paliza como la que te voy a contar ahora.
La cosa es que me subí a la reja de la entrada, pasé al patio que estaba delante de la casa, y en la bolsa que me había dado mi vieja metí un montón de limones. Era de esas bolsas que se hacían antes, con manija reforzada que se la re aguantaban, y habré metido algo así como 3 kilos, 4 también. Llegué a casa y cuando mi vieja me vio llegar con semejante bolsa, abrió los ojos como el dos de oro. “¿Cuánto te costó?” me preguntó la vieja. “Gasté todo”, le dije. Ahí me di cuenta que me había mandado una flor de cagada, porque yo no tenía la menor idea de cuánto se podía comprar con ese billete de 10. ¡La cosa es que a lo sumo alcanzaba para 5 ó 6 limones! Te imaginás la cara de mi vieja, pensando que se habían equivocado en el mercadito, o tal vez algo peor… Yo estaba muerto de miedo y con un paquete de figuritas en el bolsillo.
Así que nos fuimos los dos con la bolsa hasta el mercadito. Yo estaba violeta, verde, amarillo, todo lo que te puedas imaginar. Cuando llegamos y mi vieja le pregunta todo al dueño, este le dice “pero si el pibe hoy no vino acá”. Mi vieja se puso pálida, no me olvido más. Dio media vuelta y salió sin siquiera despedirse del dueño. Caminamos callados, y cuando llegamos a mitad de cuadra mi vieja se frena, apoya la bolsa y mete una mano entre los limones. ¡Estaban calientes! porque era verano, diciembre, una cosa así, y al limonero le daba el sol a pleno. Ahí nomás entendió todo y le salió la primera puteada. “Hiiiijo de p...” ¡y la vieja me empezó a tirar limonazos! No te miento, me habrá tirado la mitad de la bolsa mientras yo me cubría y le decía “pará mamá, pará” pero ella estaba como loca. De a rato alguna de las palabras que me gritaba se entendía, “vergüenza”, “nunca más” “le cuente a tu padre”, “la que me hiciste pasar”. Caminamos las tres cuadras de vuelta… caminamos es un decir, mi vieja me corría y yo iba saltando los limonazos que me tiraba, pero tenía tanto miedo que no me separaba de ella. Cuando llegamos a casa le contó a mi viejo y mejor no te cuento lo que siguió. Y bueno, más o menos así fue la historia. Después de eso quedé marcado y nunca más compré figuritas, salvo este paquete sin abrir que tenés ahora en la mano.

11 abril 2008 

(B)

La idea llegó inesperada y tuve que interrumpir lo que estaba haciendo para anotarla. Primero una frase, luego otra, y ya no pude frenar. La anotaba sin corregirla, con miedo a perder el final, y de tanto apretar el lápiz tuve que sacarle punta una vez que di vuelta la hoja. Unas cuantas líneas después todo estaba listo; la idea no se había esfumado, como tantas otras veces.
Terminé lo que hacía antes de escribir y pasé a la computadora. Quedé muy conforme con lo escrito, tanto como para no hacerle casi ninguna enmienda. Lo atesoré en una carpeta y me fui a bañar porque tenía que salir.
Volví esa noche contento de saber que ella estaba lista para mi revisión final. Fantaseé con un mero trámite, una relectura fugaz que confirmara su valor.
Para mi sorpresa me encontré con un problema en la primera frase. Un tiempo de verbo que no me conformaba. ¡Por qué nunca habré aprendido nada sobre esto! Pronto recordé que esa misma porción de palabras me había sonado confusa al momento de transcribirla. Me tranquilicé: era solo una frase, estaba todo bajo control.
Pero la tercera oración tenía sus dificultades, y la quinta también, y no había coherencia entre el primer párrafo y el segundo. Y había más. Desesperé. Se escapó mi confianza como una mujer en mis sueños.
El texto estaba todo cortado, con frases enteras separadas del resto. Trabajé durante un buen rato. Resolvía una de ellas y perdía el peso que yo había soñado. Arreglaba otra y ya no tenía continuidad con la anterior. Emparchaba una más, pero repetía palabras de la primera. Todo era un descontrol.
La gran idea se transformó en un problema. Toda su fuerza, su oscuridad, sus colores y sabores se habían diluido en malas decisiones, o tal vez nunca habían existido más que en mi fantasía. Borré el archivo e intenté reescribir todo, sin avanzar más allá de la primera frase.
Borré otra vez y apagué la computadora, preguntándome qué estaría soñando esa persona que la había escrito. Ya era tarde. Tal vez al día siguiente…

06 abril 2008 

(A)

Se liberó un asiento del subte B donde yo viajaba. El tipo que estaba parado frente al asiento no se interesó por él, y yo que estaba a su lado tampoco porque bajaba dos estaciones más adelante. En cambio, me dediqué a ver el juego de miradas que provocó entre algunos pasajeros en los cinco segundos posteriores. En ese escaso período los involucrados pusieron en marcha su sentido común, ordenador de prioridades básicas: mujeres sobre hombres, niños sobre adultos, ancianos sobre productivos, amputados sobre 100%, exceptuando en todos estos casos a las embarazadas, que trascienden todas las categorías. El grupo de involucrados era de cinco personas hasta donde yo vi. Se empezaron a mirar entre ellos, a evaluarse: yo a este le gano, pero aquel está peor. Pero fijate que no se hace cargo porque está medio lejos (la cercanía al lugar del hecho suma puntos, olvidé decirlo). Mientras estos cinco amagaban a ir y a no ir, como en un baile de movimientos mínimos, un pendejo que estaba por detrás de la discusión agachó la cabeza y encaró hacia el asiento como un toro en la arena. Sin olvidarse de empujar, pisar o cuerpear a cada uno de los que bailaban, dejó caer su cuerpo y mochila escrita con corrector, ajustó su gorra y le subió un toque más a la música, cagándose bien en el sentido común y en los cinco que se miraban con cara de querer ahorcarlo. La situación me provocó una risita estúpida que me acompañó hasta la estación donde bajaba. Mi alegría no fue bien vista por el consorcio de despojados.

22 marzo 2008 

212

Si les gusta la guitarra, miren a este negro que la descose

27 febrero 2008 

211

No me gustó, me pareció un espacio apagado. Digamos que era como un ojo de agua estanca. El agua, cuando se aquieta, se pone fea porque su esencia es correr, y en ese cuarto parecía que el tiempo no avanzaba porque lo único existente era el pasado.
Bajamos el colchón al piso porque la cama hacía ruido, según ella misma me contó. Le saqué la pollera y una diminuta tanga negra antes de llegar a acostarnos e hicimos el amor varias veces hasta terminar pegoteados por el sudor y el cansancio.
Ya entrada la madrugada me vi caminando por la calle vacía hasta mi casa, invadido de olores gratos, algunos, y otros no tanto. Entré en la ducha no bien ingresé a mi casa y mientras el agua helada me sacaba el sudor me masturbé con los recuerdos que traía de esa mujer insólita.
Me acosté minutos antes de que salga el sol. Dormí con un sueño pesado hasta bien entrada la tarde. Al despertar me encontré excitado. Pensé en llamarla nuevamente esa noche.

15 enero 2008 

210 Su vestido rojo

Ella no buscaba hombres sino sus historias, y no descansaba hasta conocerlas por completo en aquellos tipos que elegía. Una vez que lograba desanudarlas o estas se volvían reiterativas, se alejaba de esas personas hasta terminar la relación. Ella siempre decía que la noche estaba llena de tipos con historias de un fin de semana, incluso de horas, y hasta de una cerveza. A esos los aborrecía. Los rechazaba con toda la fuerza de su mirada negra y sus palabras hirientes. En el bar donde iba todos los fines de semana la conocían por su carácter, sus preguntas y sus convicciones torcidas e inmutables.
Esa noche estaba apostada en el patio interno del bar cuando encontró algo. Esta vez era un tipo de casi dos metros de altura, con cara de hosco, tal vez de inteligente. Lo vio llegar al bar con su camisa desabrochada y totalmente borracho mientras saludaba a todos los barman y seguridad del local. Se preguntó cómo un hombre de ese lugar podía haberle pasado desapercibido luego de años de asistencia casi perfecta.
Lo siguió con la mirada y evaluó sus movimientos. Miraba con descaro a las mujeres que pasaban y había en él algo de melancolía y de misterio. Parecía uno de esos árboles que sobreviven al paso del tiempo, firme y duro pero inclinado hacia un lado a causa del viento o de varios litros de cerveza.
Se le acercó hasta ponérsele por delante. Cruzaron sus miradas y ella supo que había mucho para preguntar. Hablaron unos minutos hasta que el flaco perdió interés y se despegó del momento sin mucha ceremonia. Lo vio hundirse en el mar de gente que se amontonaba al fondo del bar, donde había un gran patio al aire libre. Ella lo miró irse con la boca semiabierta, sin entender qué había sucedido. El tipo había pasado con la fuerza de un huracán por su mente. Se sentía emocionada y desafiada, curiosa y con miedo. Dejó pasar unos minutos y se adentró ella también entre la gente que la tocaba, la llamaba, le ofrecía tragos mientras avanzaba como un taladro por la roca. Llegó hasta el patio trasero y se apostó en una esquina para buscarlo. Un tipo de su altura no podía pasar desapercibido, pero luego de unos minutos de no verlo empezó a desesperar. Aunque el patio no tenía salida y él debía pasar por ese lugar al menos una vez más esa noche, decidió avanzar entre la gente para hablarle otra vez.
Revisó las sillas, la barra y cada grupo de gente. Los rincones, el pasillo y la pared. Nada. Volvió trabajosamente sobre sus pasos, atravesando el patio abierto, el pasillo, el patio interno y la barra de la entrada hasta la puerta, lo que le tomó un par de largos minutos debido a que el bar se había llenado de gente que reía sin enterarse de su historia. No lo vio. Volvió nuevamente al fondo, y a la puerta, y así hasta las 7 de la mañana cuando se convenció que se le había escapado. Furiosa por su suerte preguntó por él a los de la barra y la seguridad, pero nadie parecía conocerlo. Eso aumentó su desesperación: ella los había visto saludarlos, ¿cuántos tipos de dos metros existía en este lugar?
Llego a su casa desconsolada, absorta, exhausta. Se fue a dormir con tristeza y con emoción. No sabía que nunca más lo volvería a ver, que sólo había sido una burla para ella, una revancha silenciosa de la gente del bar para tantos corazones rotos y miradas no devueltas. El flaco volvió esa madrugada junto a su esposa, sin olvidar colocarse el anillo nuevamente antes de verla, y nunca más piso el bar.
A la semana siguiente ella se puso su vestido rojo y lo esperó toda la noche cerca de la puerta del bar, con una cerveza en la mano que se fue poniendo caliente y una pierna posada en el sostén de una silla que no paró de impacientarse mientras caminaba el tiempo.

03 enero 2008 

209 Tres 5

-¿Y qué final le pondrías vos a esa historia?

No tenía la menor idea. Varias posibilidades daban vueltas por mi cabeza desde que ese viernes G había completado su parte de historia de los tres 5. Tres viernes seguidos, tres caminatas por la calle, tres cartas españolas tiradas en el suelo. Tres números 5. Pero ningún final para la aventura.
La primera carta fue un 5 de oro. La encontró en la calle el primer viernes, con la imagen mirando hacia el cielo, y la llevó hasta la casa de Rubén como una especie de amuleto. Esa noche ganó todos los partidos y sus compañeros de equipo se lo adjudicaron al amuleto. Una semana más tarde encontró otra carta en el suelo, esta vez con el lomo hacia el sol. Para su sorpresa era nuevamente un 5 de oro, aunque de un mazo diferente. Esa misma tarde me llamó alborotado para comentarme lo sucedido.

-Mañana le jugamos al 5 y al 55 en la quiniela.

Por supuesto, ninguno de nosotros dos jugó. Tampoco los números salieron sorteados, como me encargué de revisar.
El tercer viernes festejamos el cumpleaños del Rubio en la terraza de su casa. Cuando llegó G nuestro estado era calamitoso debido a horas de alcohol y partidas de truco. Parado en el último escalón de la escalera, con una expresión que era mezcla de asombro y triunfo, llamó nuestra atención con un grito de su vozarrón áspero y sacó de su bolsillo un 5 de espadas, visiblemente manchado por pisadas, que había encontrado al bajar del taxi que lo había llevado hasta allí. Todos conocíamos la historia que precedía a ese momento, y por unos segundos hicimos un silencio profundo, como de respeto.

-El viernes que viene le jugamos todos al 5, al 5 y al 555 en la Nacional y la Provincial.

Como era de esperar, nadie jugó, ni salieron esos números.
El cuarto viernes no pasó nada.
La historia me parecía buena, aunque necesitaba un final. Llamé a G a su casa y se lo exigí. Le di una semana más para que caminara por las calles de la ciudad y provocase el desenlace que cerrara el círculo. Lo volví a llamar una vez cumplido el lapso pero nada había sucedido en su vida que justificara un cierre. Ni cincos, ni oros, ni espadas, ni premios millonarios.
Unas semanas más tarde le conté a Nat esta historia mientras caminábamos por la noche calurosa de Palermo. Esquivábamos las baldosas rotas de la calle Gurruchaga cuando terminé de exponer la historia y el relato de mi angustia por la impericia de G en entregarme un final adecuado. Luego de un silencio de unos metros ella me dijo:

-¿Y qué final le pondrías vos historia?

No tenía la menor idea. Yo culpaba de esto a G, quien en algún momento de la historia se había desviado del camino, evitando el final. Porque a nadie le escapa que luego de dos 5 de oro tiene que venir un tercero, y que la aparición de un 5 de espada era un alerta de que en algo se estaba equivocando. Quien planeaba este asunto de las cartas le avisaba a G que no podía tirar al olvido toda la historia, que debía volver a jugar el juego, porque de lo contrario no se develaría el misterio.

-¿Y qué final le pondrías vos historia?

Me zumbaba en los oídos las palabras de Nat. La miré caminar a mi costado, un paso más adelante mío, y vi como la luz de la calle acariciaba su cuello armando dibujos al azar mientras se colaban sus haces por entre las hojas de los densos árboles de esa calle. Le acaricié por detrás de las orejas, y tomándola suavemente de un hombro detuve su marcha. Me acerqué a ella, la llevé hasta la entrada de una casa y la hice pararse en el escalón de una entrada para ponernos a la misma altura. Nos besamos un rato largo amparados por la oscuridad de un palo borracho que ocupaba la mitad de la vereda. Intenté en broma y en vano levantarle la pollera hasta que nuestras risas se hicieron tan fuertes que algunos caminantes notaron nuestra presencia. Ya era hora entonces de partir. La abracé y mi cabeza quedó sobre su hombro unos segundos, mientras mis ojos se fijaron en un cartelito que no había reparado antes. Sentí el frío recorrer mi cuerpo y Nat lo notó porque sus manos estaban en mi espalda. El cartel decía “Gurruchaga 1555”.
-Ahí tenés un final para tu historia…
Una vez que se nos pasó el susto nos fuimos caminando hacia Plaza Serrano. Mientras caminábamos pensaba sobre las coincidencias y los encuentros que adjudicamos al azar, sobre la posibilidad que todo esto sea solo una gran broma de alguien que se divierte viéndonos vivir y morir. Un poco para mí, un poco para Nat, dije finalmente:

-Mañana le juego al 5, al 55, al 555 ¡y al 1555!

Por supuesto, no jugué. Pero nunca me animé a revisar si esta vez habían salido.

31 diciembre 2007 

208 Manual de uso para tratar con madres

Opción 1 (mal)

-Fer, tené cuidado si tomás sol a estas horas, mirá que no son las 4 de la tarde y todavía es peligroso estar así al sol sin protección.
-Mamá, yo también miro el aparato ese que escupe lugares comunes. Todo esto que me decís ya se lo escuché a algún periodista. Así que ¿por qué no te dejás de romperme las pelotas y empezás a tratarme como a alguien de 28 años que es por casualidad la edad que tengo?
-No puede ser Fernando que seas tan agresivo, yo solamente te quiero cuidar. ¿No ves que lo hago por vos? ¿Qué te cuesta esperar media hora y ponerte un poco de crema protectora? Al final yo te quiero cuidar y vos me tratás así.
-Mamá, eso de la crema y las 16 horas… es para gente que se la pasa todo el día asándose al sol. Como Papá regaló a nosequién nuestra pelopincho –sin preguntarnos, por supuesto- y no tengo amigos con quinta en las afueras con pileta olímpica, yo tengo ganas de perder un poco de tiempo acá sentado leyendo al sol y sin que nadie me rompa las pelotas. El sol, el libro, la silla y yo estábamos bárbaro hasta que tuviste que venir a decir “acá estoy, soy madre siempre voy a serlo”.
-Pero Fer, ¿por qué me tratás así? Yo no me lo merezco, ¿a vos te parece tratar a una madre de esa forma? Yo lo hago porque pienso en vos, en qué necesitás.
-A vos no te importa lo que yo necesito. Porque lo que necesito es que me dejes tranquilo y confíes en mí. Que sepas que yo tomo mis decisiones con autonomía, que hago lo que quiero y que soy una persona lo suficientemente informada como para saber a qué hora tengo que tomar sol y a qué hora no hacerlo, y los riesgos de todo esto, pero cruzándolo con el hecho de que es la primera vez en todo el verano que me pongo a tomar sol y no pienso durar más de media hora, así que mi salud no corre ningún riesgo. Sos una ciega que no ves que me ofrecés lo que vos necesitás, porque yo ya te dije miles de veces que yo necesito que me dejes vivir con tranquilidad, sin ofrecerme todo el tiempo esas mierdas que me querés dar y yo siempre te rechazo. ¿No te aburrís de mis rechazos? Si me querés dar lo que yo necesito, dejame en paz y no me interrumpas mientras leo.

Madre se quedó mirando con cara de sin palabras a su hijo que ya no la miraba pero mascullaba algunas frases por lo bajo, como insultándola. Luego de unos segundos parada en esa posición, poniendo la misma cara, se puso a colgar la ropa, que era lo que la había impulsado hasta el patio del fondo. Unas vez que terminó, y sin mirar a su hijo, avanzó hasta la puerta diciendo en voz alta:

-Compré helado, si querés andá y servite.

FIN


Opción 2 (mejor)

-Fer, tenés cuidado si tomás sol a estas horas, mirá que no son las 4 de la tarde y todavía es peligrosos estar así al sol sin protección.
-Shhhhhhh, estoy leyendo

FIN

 

207 2007

Escribir es un momento de mucha intimidad para mí. Toda mi vida fui una persona reservada y cada texto subido me representa un momento de exposición máxima. Esa es la razón que me mantiene ahora tan alejado de este blog, que en otras épocas contaba con mayor dedicación de mi parte, o tal vez con mayor inconsciencia sobre lo que subía. Sucede que me fui poniendo muy crítico con los temas que elegía, con las palabras que borroneaba.
Hoy me peleo con cinco textos que no quieren terminar. Cada uno tiene sus falencias, sus errores, sus inconsistencias y no logro rematar uno por más que me lo proponga cada día. Tentado a tirarlos todos a la mierda pero también con ganas de comunicarme aunque sea a través de estupideces, escribo este descargo para decir aquí estoy, o que aquí debería estar, y que sigo pensando en este espacio.
Por lo pronto se acerca el 2008 y yo ya compré bebidas para brindar con mis amigotes. Supongo que mis ideas no volverán a la normalidad hasta el final de la semana, así que aprovecho para decirle a los que están ahí, si es que hay alguien ahí, muy feliz año y para pedirles a los que están ahí, si es que hay alguien ahí, que si encuentran a ese hada llamada Inspiración, me la manden a casa en un sobre cerrado para que esta vez no se me vuelva a escapar.

06 diciembre 2007 

206

Hace varios meses una dama se contactó conmigo para proponerme un juego. Como me hizo un piropo no pude decirle que no. Y como en el fondo soy un maleducado, nunca cumplí la promesa.
Hoy encontré mi respuesta al juego en una hoja de papel que era candidata al tacho de basura. Es una réplica a medias, ya que la propuesta incluía reenviar sus reglas a otros bloggers, algo que nunca hice.

1-Soy una persona de convicciones muy firmes 2-Me contradigo todo el tiempo 3-No se bailar 4-Todas las cosas que me gustan también me aburren 5-Tengo ganas de matar a un colectivero de la línea 106 6-Lloré una hora seguida después de ver una película italiana 7-Entre la realidad y lo que dice mi cabeza, muchas veces no se cuál elegir 8-En el fondo soy un reaccionario

01 diciembre 2007 

205 Los maleducados

Viaje en el colectivo. Se sienta en la fila trasera, todos vacíos. Saca unos apuntes y se dispone a leerlos con cara de tipo preocupado.
Se empieza a llenar el colectivo. Un viejo se sienta a su izquierda y comienza automáticamente a leer lo que él lleva en las manos. Se incomoda. Siente que el viejo lo mira, lo espera.
Alguien toca el timbre y desciende. Unos pibitos se acercan a la puerta pero el chofer la cierra y arranca. El viejo y uno de los nenes gritan "¡pare! ¡pare chofer!". El colectivo se detiene y los dos nenes bajan. El viejo dice en voz alta "pero no pude ser, estos colectiveros siempre lo mismo, no les importa nada". Entiende la invitación a la charla pero la elude: sigue leyendo sus apuntes.
El viejo lo mira, buscando complicidad. Luego vuelve a mirar lo que lee, luego lo vuelve a mirar a él. Luego a sus apuntes.
Cualquier mueca, cualquier gesto o vacilación puede delatarlo. Él fija su mirada en el texto aunque no logra comprender lo que lee. Toda su atención está puesta en evitar al viejo.
Pero el viejo vuelve a la carga. Irrumpe en su lectura diciendo, casi gritando, "estudiá nene, es lo único que te puede salvar de esta gente".
Él apoya los apuntes en sus rodillas y gira la cabeza al viejo, todo en un segundo. Lo mira directo a los ojos. "¿De toda esa gente?". Ambos sostienen su mirada un segundo, escrutándose. El viejo parpadea y pierde la contienda. Silencio frío. El viejo espera un minuto, se para y cambia de lugar a un asiento del medio del colectivo.
Él guarda sus papeles en la mochila, ya totalmente distraído. El chofer no tenía la culpa, los nenes habían tardado de más en llegar a la puerta y era imposible que los hubiese isto por el retrovisor. A lo lejos escucha al viejo que le dice a su nueva compañera de asiento "no se puede creer, estos mocosos que le faltan el respeto a la gente mayor, se creen que porque estudian un poco la saben mejor que uno, esto en mi época no era así".

29 noviembre 2007 

204

Estaba loco, como pocas veces. Era un toro, una pared, un suicida decidido a llevarme a alguien por delante. Salí a correr en la lluvia porque no pude pensar en otra cosa, como si fuera ese estúpido de la película, pero sin sponsor en las zapatillas. Corrí por el medio de la calle, como implorando por una pelea, una puteada, algo de donde agarrarme para armar un desastre. La sangre me hervía en las manos, en la cara, en las piernas y la lluvia me rebotaba en el cuerpo sin lograr enfriarme. Diez cuadras. Veinte cuadras. Treinta cuadras y empecé a trotar más despacio. Las piernas me molestaban como si llevara aceite caliente en ellas y los hombros ya no sostenían a mis brazos. Subí a la vereda pisando innumerables baldosas flojas hasta que una se quebró ante mis 900 kilos de bronca y me caí al piso como una abuela con artritis, pero todavía más aparatoso, más vencido. Me corté la rodilla con un vidrio, las dos manos por el roce con la piedra y la ceja por un cabezazo a algo que nunca supe qué fue. Me senté en ese mismo lugar, y aunque debiera haber gritado, me puse a llorar como un nene durante unos minutos. Las luces de los autos que pasaban despacio a mi lado me devolvieron al mundo de los insensibles y me paré para evitar más miradas. Noté que la campera se me había roto en el costado y me había entrado mucha agua negra en toda la ropa. Intenté trotar las diez cuadras que me separaban de mi casa pero no pude. Caminé y llegué hasta ella, que por suerte estaba oscura y vacía. Me bañé, curé mis raspones y me fui a dormir inmediatamente. Ya en la cama, recuerdo que pensé cuánta razón tenían, qué sabiduría cargaban, esos que sugerían correr para olvidar las penas.

28 noviembre 2007 

203

Doscientos tres. Dos un cientos y tres. Dos cero tres. Casi capicúa. Deux-cents troix queda más inteligente, así la gente sabe que hablás francés y se piensa que sos un pibe bárbaro. Yo así te presento a mi vieja, va a quedar chocha. Eso de que te gusta el fútbol y que vas a la cancha mejor no lo hablamos con mi vieja, ¿sabés? Ella está un poco chapada a la antigua y se piensa que esos pibes andan en la falopa y toman vino en cajitas de cartón. Si, ya se que mi mamá es una nazi hija de puta, fundamentalista de la cocina, ¿pero qué querés? No me traigas drama, dale dejate de joder, vos siempre con tus problemas, con tus vueltas, con tus cuestionamientos. ¿No sabés que el exceso de pensamientos puede traer problemas? Lo dijo un ministro de nosequé hace como treinta años. Ay mirá, pusiste treinta con letras. Vos sos un pibe inteligente, no te digo...

 

202

Cada hoja en blanco es un vacío imposible de completar y sin remedio termino puteando y pateando hacia todos lados como un enfermo que no quiere que no puede cambiar pero de vez en cuando algo sale y empiezo y creo y sigo y veo que es algo que crece, que me entiende, que me traduce hasta que otra vez la nada, el mirar la pared sin encontrar la palabra, el ruido del teléfono o el perro estúpido de la vecina y de nuevo la batalla, el párrafo y yo, los arrebatos y los recuerdos, “la abundancia de ideas”, vivir en la abundancia, desechar si no sirve, recomenzar, y…. Y decí que yo escribo en papel, porque sino a la computadora la cago a trompadas y me quedo sin teclado para subir estos mamarrachos.

15 noviembre 2007 

201

No sospeché que fueras vos. Tomábamos algo en una vereda cuando dijiste por accidente algo que me hizo recordarte. Tu disfraz de rubia de otro lado te sentaba bien, casi logras que no te reconozca. Antes siempre eras morocha y con la mirada un poco perdida. Veo que aprendiste a camuflarte.
Me encantaría saber si te costó mucho encontrarme. En esta ciudad somos hormigas y yo sé, porque me lo has dicho otras veces (aunque vos, rubia, no lo sepas), que me estoy poniendo difícil de reconocer. Que he cambiado, que ya no miro como antes, que ahora no te escucho. Una de tus antecesoras me dijo que “crecer es cambiar de gustos, y a mí no me gusta cambiar de gustos”. Lo has logrado. No has crecido.
Nos despedimos con un beso y un vago “en la semana hablamos”. Sabes bien que no lo harás. Porque tienes la duda si realmente fui yo, si no era una copia infiel. Si era realmente el hombre que buscabas.
Desapareceremos de nuevo en el ruido del día a día. Alguna más intentará encontrarme. A alguna más se lo permitiré. Hasta descubrir su disfraz, y después un hasta luego. Y así, año tras año, hasta que nos perdamos para siempre en la ciudad y solo quede de nosotros un recuerdo amarillo en un rincón de los pasados, de todos esos que estamos condenados a no ser recordados.

09 noviembre 2007 

200

-Qué hacés Fernando
Tardé unos segundos en distinguirlo en medio de las luces violetas del 109. Nos saludamos y me presentó a la made de su hijo, quien cargaba con un mocosito inquieto en el asiento de la ventanilla.
Hablamos sin parar casi veinte minutos sobre el supermercado y las anécdotas de peleas en el playón de los camioneros. Traté, con éxito relativo, de no desviar la mirada hacia la acompañante, que aparecía en el fondo de mi imagen como una muñeca de carne y hueso con una remerita escotada que la volvía inquietante bajo la luz fluorescente del colectivo.
Nos quedamos sin tema y empezamos a mirar hacia otros lados sin demasiado embarazo. Rompió nuestro silencio el nene de mirada pícara, que se pasó al regazo del padre para hacerse dueño de la situación. Caí en la cuenta que me había estado mirando atónito desde hacía unos minutos, con la misma intensidad que yo hubiese dedicado a las curvas de su madre de haber existido la oportunidad.
Jugué un rato largo con él y nos reímos mucho mientras le pellizcaba la pancita de la misma manera que hace muchos años mi abuelo me lo hacía a mi. Al poco tiempo olvidé por completo a sus padres.
Pero era de noche, yo estaba cansado, y la aparición mágica de un asiento libre en la fila del fondo fue una tentación irresistible. Me excusé al mismo tiempo que ellos se preparaban para bajar en una de las paradas próximas. Nos despedimos y el gordito inquieto me saludó con una de esas sonrisas que acarician por dentro.
Le caíste bien, me dijo el padre.
Me fui a sentar al asiento del fondo, cansado y contento, con el vientito pegándome en la cara y pensando que las cosas más lindas pasan cuando pega el calor eléctrico de las noches de verano.

15 octubre 2007 

post nº 199

Este blog se suspende por un rato hasta que el dueño se replantee qué mierda quiere escribir en él. Saludos.

18 septiembre 2007 

Superman

C bajaba por la calle Córdoba escuchando música, mandando mensajes de texto, moviendo la cabeza y cantando. Recién salida del trabajo, no podía sentirse de mejor humor ya que se encontraba con su amigo del secundario unas cuadras más adelante para ir a recorrer algún que otro bar de San Telmo. Cruzando la Avenida Alem se le encima un tipo de su misma estatura, que con los ojos bien abiertos y en voz baja le dice algo que no alcanza a entender. Acostumbrada a que le pidan cigarrillos o un par de monedas, se saca el auricular para escuchar el pedido pero la figura repite “dame el celular con carpa”.
C abrió la boca bien grande, tomó su cartera con fuerza, y como en un berrinche de pendejo le gritó “¡no, ni en pedo!”.
Echó a correr en diagonal, esquivando bocinazos y puteadas, y llegó a una estación de servicio casi sin aliento por el susto y su atado de cigarrillos diario. Una vez bajo la luz penetrante de la YPF se sintió segura, y agachada con sus manos en las rodillas movió su cuello para ver quién era esa presencia que la miraba a pocos pasos con los brazos cruzados.
No podía ser otro. Era Superman.
Con su trajecito azul y rojo, su capa brillante y su pancita de cerveza, Superman la miraba consternado, sin entender lo que sucedía. Estaba apoyado sobre su auto esperando a que se cargase el tanque para ir a su fiesta de disfraces. Cruzaron sus miradas y cada uno trató de enfocar la situación, como un obturador que busca la apertura exacta para que entre la luz.
Alguien tenía que decir algo. Momentos como éstos piden explicaciones, una charla pequeña al menos, para no sentirse en un mundo de locos. Fue ella quien rompió el silencio.

“Cuando se me paso el susto le dije: vos seguí con los bracitos cruzados, ¿sabés el trabajo que hay en la calle, loco?"

12 septiembre 2007 

Fue un momento de silencio y cruces de miradas entre las dos hermanas. R exhaló aire por la boca, con resignación, y me dio a entender que no era la primera vez que pasaba por aquel momento.
-Es que en esta casa pasan cosas, Fer.
Tengo recuerdos de historias que me contaban mis tías cuando de niño visitaba el pueblo de las sierras cordobesas donde nació mi viejo. Historias de curas, maldiciones, gualichos y sucesos inexplicables. Ya en aquel entonces no me interesaban esos cuentos así que presté poca atención a R y su hermana y me fui a cambiar la yerba que estaba lavada.
Media hora más tarde mi cuñada se fue a ver televisión. Eran las cinco de la tarde de algún día de julio. R y yo fuimos a dormir una siesta en su diminuta pieza de aquella enorme casa. Cerré la puerta con llave, no recuerdo por qué, y me recosté junto a ella que se había dormido con una rapidez que nunca conocí en otra persona.
Cerca de las 8 de la noche me desperté abrazado a R de la misma manera que me había acostado. Ella estaba a mi lado, inmóvil, pero despierta. Algo me había despertado también pero no llegaba a reconocer qué. Miré a la pieza en oscuras y solo pude reconocer el borde dorado que se formaba en la puerta gracias a la luz que entraba desde el comedor. La luz aumentaba y disminuía con intermitencia, como si la puerta estuviese mal cerrada y el viento la moviera con suavidad. Noté que R miraba lo mismo, sin hablar.
Miré un minuto entero sin poder pensar en nada. Junté fuerzas y me saqué de encima la frazada. Me paré y caminé 3 pasos descalzo por el piso frío. La llave todavía estaba puesta en el cerrojo como yo la había dejado. Tomé el picaporte y tiré suavemente para asegurarme que la puerta estuviese cerrada. Un frío enorme recorrió todo mi cuerpo y pude sentir que se erizaba cada uno de mis cabellos. La puerta estaba abierta.
Encendí la luz intentando borrar el momento pero el destello me encandiló, aumentando mi desorientación. R me miraba desde la cama, sentada, aferrada a la frazada. Se mordía el labio con cara de resignación mientras yo seguía parado en el piso helado, a medio vestir y ridículamente indefenso.
-Viste que te dije que acá pasaban cosas…

07 septiembre 2007 


Tiene un cabello frenético y desordenado que resalta sobre su tez lechosa. De mirada pícara, su boca escapa hacia un costado, con una mitad seria y otra que sonríe. Con sus mellizos recién nacidos llevó a tres los culos para limpiar, pero se aseguró un futuro de quejas, problemas e intromisiones. Ostenta sus figuras en una cadena de oro con 3 dijes enchapados cuyas siluetas, más que recordarlos, los expone.
MS tiene un trabajo estándar dentro del círculo donde se mueve. No es ni la mejor ni la peor. Tuvo sus logros pero también supo quedarse atrás. La dedicación a sus hijos es ahora la causa o la excusa para flotar en el lago donde se amontonan los que no saben qué quieren, los que no pueden, y los que no quieren.
A MS le gusta el poder pero no lo sabe conscientemente. Disfruta aplicándolo de manera casi infantil. Para aplicar su poder (el único que pudo procurarse) creó un juego donde ella es quien decide y el resto son su trapo de piso. Nunca expone las reglas para poder doblarlas en cualquier momento, porque todo comienza y termina en ella. Del juego se sale de tres formas: renunciando, recurriendo a un tercero superior a ella (implica el estallido de una guerra) o aceptando las reglas.
MS apaña a quienes aprenden a jugar y desprecia a quienes se arrodillan ante su figura. Pero tiene un especial temor de quienes puedan desenmascarar su juego perverso, sádico, violento, desesperado. Ella cree que el mundo gira a su alrededor, y todo aquel quien osara insinuar lo contrario se transforma en su próxima presa.
MS oculta su mediocridad dentro del juego. MS tiene mucho miedo de salir de su juego. Si MS saliese de su juego debería enfrentarse con un espejo que le devolvería la mueca de su cara, su pasado, sus miserias y un futuro incierto. El descuido en que cayó su figura, sus contradicciones y su falta de adultez. MS estallaría en llanto, desesperación, pidiendo a Dios que por favor la devuelva a ese círculo donde todo es conocido, donde no hay nada que temer.
De vez en cuando aparecen cretinos que la entienden, que ven su juego, que son capaces de desenmascararlo, que son capaces de exponer las reglas con que se lleva adelante. Con ellos aplica todo su poder, hace uso de todos sus recursos. Porque nada ni nadie la debe tocar. Porque de esa forma puede soportar su existencia, incluso al precio de inmovilizarse por el resto de su vida.

29 agosto 2007 

Nos juntamos con el Comandante a charlar mientras yo le pasaba algo que él había venido a buscar a mi casa. Estaba medio frío y los autos pasaban y la gente pasaba y el tiempo pasaba pero nosotros parecíamos alejados de esos detalles. En media hora pasamos por el sur, la facultad, los primos de España, un profesor que tuvimos en común, la publicidad de los 90 y un francés que se murió hace como veinte años y la tenía re clara. Nos despedimos medio como si nada: él tenía que estar con sus nenes y yo había dejado unas cosas a medio hacer. Así de efímero fue el encuentro entre dos tipos que se conocieron por Internet y que sin saberlo compartían una carrera, un barrio y muchas caras en común. También muchas historias de empedrados que, aunque el tiempo se esté encargando de cubrir con su pasta de alquitrán y otras porquerías, nosotros cada tanto nos tomamos un tiempito para hacer renacer.

21 agosto 2007 

Dos años de este blog. Lo único que puedo decir a favor del mismo es que, al menos, tiene más intenciones de estar bien escrito que Infobae o el diario Olé. Que después no salga... eso es otro tema.

20 agosto 2007 

unas escaleras con pasamanos gruesos de madera que parecen recién barnizados y muchas personas sentadas que me quieren interrumpir el paso pero los esquivo, los salto, con una velocidad que no reconozco. Sigo subiendo sin que nada me detenga, piso a piso hasta que uno de ellos me plantea el desafío: una soga, uno que tira de un lado, me entregan la otra punta. No puedo resistirlo, es más fuerte que yo, porque nací con ese impulso enfermo de competir con los demás, sobre todo cuando quieren vencerme para verme allí abajo de ellos. Tiré con todas mis fuerzas un rato hasta que algo se apagó dentro mio. Siempre me alimenté de mis emociones y las que necesitaba para ganar se habían evaporado rápidamente. Sucede que ¿qué sentido tenía tirar de una soga? ¿Cuál era el desafío? Sabía que al terminar la contienda, si perdía sentiría rabia y si ganaba me sentiría vació, como si no hubiera vencido a nadie, como si hubiese perdido la pelea conmigo mismo (otra vez). Solté la soga, sin avisar, sin pensar las consecuencias. Y el otro, ese sin cara, se cayó al piso sin poder asirse de ningún lado mientras su cabeza golpeaba con un enorme, profundo ruido, contra una columna.
Seguí mi ascenso pero con los ojos cerrados, dolido por todo lo que había sucedido. Me prometí no volver a aceptar desafíos idiotas de gente que no me entiede. Prometí aceptar mis propios desafíos, que son muchos, sin importar quién queda atrás en las escaleras de madera aunque sin necesitar que se rompan sus cabezas para hacerme llamados de atención.

10 agosto 2007 

Volvió Peluzón! El humor más grassa de la web

Y tu vieja quedó encantada...

09 agosto 2007 

"Mañana empiezo"

08 agosto 2007 

Un profesor de la facultad que tuve, filósofo, escritor y muy fanático de San Lorenzo, me dijo una vez que "no había nada más vacío que el momento de salir campeón". Y es verdad, llegar al campeonato no es el momento de mayor alegría. Son mucho más intensos los momentos donde se pone dificil, o cuando se va alimentando la ilusión. Debe ser ese el centro de la cosa: ilusión. Todo esto referido a lo que puse antes sobre San Cayetano. Todo bien con los fieles, no lo comparto porque soy ateo militante (por eso me permito el tono despectivo), pero no me olvido que yo hice 14 horas de cola para sacar una entrada de un Boca-Independiente y en algo esas dos experiencias se tocan.
Alguna vez alguien va a tener que estudiar cómo el fútbol ayuda a interiorizar en las personas determinado tipo de valores. No me acuerdo quién tenía la tesis que el diario había sido uno de los cimientos de la idea de nación como comunidad imaginada. Esa idea de que yo me pueda sentir argentino y hermanado a una persona que no conozco y nunca voy a conocer, pero vive "en el terreno de mi país". El diario es una experiencia cotidiana en donde los lectores sabemos que miles de otras personas están leyendo lo mismo que nosotros. Bueno, el fútbol como espectáculo de masas cumple un rol político y politizable muy parecido a esto que menciono de los diarios.
Hay quienes sin saber explicarlo, pero entendiendo el valor de este proceso, lo han utilizado. Y sino preguntale al Ingeniero de ojos celestes y colmillos afilados.

ElFundamentalista tiene plantilla gracias a Blogspot y Gecko & Fly.

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