-¿Y qué final le pondrías vos a esa historia?
No tenía la menor idea. Varias posibilidades daban vueltas por mi cabeza desde que ese viernes G había completado su parte de historia de los tres 5. Tres viernes seguidos, tres caminatas por la calle, tres cartas españolas tiradas en el suelo. Tres números 5. Pero ningún final para la aventura.
La primera carta fue un 5 de oro. La encontró en la calle el primer viernes, con la imagen mirando hacia el cielo, y la llevó hasta la casa de Rubén como una especie de amuleto. Esa noche ganó todos los partidos y sus compañeros de equipo se lo adjudicaron al amuleto. Una semana más tarde encontró otra carta en el suelo, esta vez con el lomo hacia el sol. Para su sorpresa era nuevamente un 5 de oro, aunque de un mazo diferente. Esa misma tarde me llamó alborotado para comentarme lo sucedido.
-Mañana le jugamos al 5 y al 55 en la quiniela.
Por supuesto, ninguno de nosotros dos jugó. Tampoco los números salieron sorteados, como me encargué de revisar.
El tercer viernes festejamos el cumpleaños del Rubio en la terraza de su casa. Cuando llegó G nuestro estado era calamitoso debido a horas de alcohol y partidas de truco. Parado en el último escalón de la escalera, con una expresión que era mezcla de asombro y triunfo, llamó nuestra atención con un grito de su vozarrón áspero y sacó de su bolsillo un 5 de espadas, visiblemente manchado por pisadas, que había encontrado al bajar del taxi que lo había llevado hasta allí. Todos conocíamos la historia que precedía a ese momento, y por unos segundos hicimos un silencio profundo, como de respeto.
-El viernes que viene le jugamos todos al 5, al 5 y al 555 en la Nacional y la Provincial.
Como era de esperar, nadie jugó, ni salieron esos números.
El cuarto viernes no pasó nada.
La historia me parecía buena, aunque necesitaba un final. Llamé a G a su casa y se lo exigí. Le di una semana más para que caminara por las calles de la ciudad y provocase el desenlace que cerrara el círculo. Lo volví a llamar una vez cumplido el lapso pero nada había sucedido en su vida que justificara un cierre. Ni cincos, ni oros, ni espadas, ni premios millonarios.
Unas semanas más tarde le conté a Nat esta historia mientras caminábamos por la noche calurosa de Palermo. Esquivábamos las baldosas rotas de la calle Gurruchaga cuando terminé de exponer la historia y el relato de mi angustia por la impericia de G en entregarme un final adecuado. Luego de un silencio de unos metros ella me dijo:
-¿Y qué final le pondrías vos historia?
No tenía la menor idea. Yo culpaba de esto a G, quien en algún momento de la historia se había desviado del camino, evitando el final. Porque a nadie le escapa que luego de dos 5 de oro tiene que venir un tercero, y que la aparición de un 5 de espada era un alerta de que en algo se estaba equivocando. Quien planeaba este asunto de las cartas le avisaba a G que no podía tirar al olvido toda la historia, que debía volver a jugar el juego, porque de lo contrario no se develaría el misterio.
-¿Y qué final le pondrías vos historia?
Me zumbaba en los oídos las palabras de Nat. La miré caminar a mi costado, un paso más adelante mío, y vi como la luz de la calle acariciaba su cuello armando dibujos al azar mientras se colaban sus haces por entre las hojas de los densos árboles de esa calle. Le acaricié por detrás de las orejas, y tomándola suavemente de un hombro detuve su marcha. Me acerqué a ella, la llevé hasta la entrada de una casa y la hice pararse en el escalón de una entrada para ponernos a la misma altura. Nos besamos un rato largo amparados por la oscuridad de un palo borracho que ocupaba la mitad de la vereda. Intenté en broma y en vano levantarle la pollera hasta que nuestras risas se hicieron tan fuertes que algunos caminantes notaron nuestra presencia. Ya era hora entonces de partir. La abracé y mi cabeza quedó sobre su hombro unos segundos, mientras mis ojos se fijaron en un cartelito que no había reparado antes. Sentí el frío recorrer mi cuerpo y Nat lo notó porque sus manos estaban en mi espalda. El cartel decía “Gurruchaga 1555”.
-Ahí tenés un final para tu historia…
Una vez que se nos pasó el susto nos fuimos caminando hacia Plaza Serrano. Mientras caminábamos pensaba sobre las coincidencias y los encuentros que adjudicamos al azar, sobre la posibilidad que todo esto sea solo una gran broma de alguien que se divierte viéndonos vivir y morir. Un poco para mí, un poco para Nat, dije finalmente:
-Mañana le juego al 5, al 55, al 555 ¡y al 1555!
Por supuesto, no jugué. Pero nunca me animé a revisar si esta vez habían salido.